Francisco Díaz-Faes

RESISTENCIA 532
de José Busto
Producción de Paraninfo 58
Dirección: Andrés P. Dwyer
Ayte. Dirección: Sonia Vázquez
Actores: Sara Martínez, Cristina Puertas, Lautaro Borghi y Juan Blanco
Escenografía: Txus Plágaro y Josune Cañas
Iluminación: Txus Plágaro
Vestuario: Isabel Rúa y Juan Blanco
Banda sonora: Pablo Tamargo
Teatro Jovellanos de Gijón
29 de septiembre de 2012

Resistencia 532, obra de José Busto, dirigida por Andres P. Dwyer.

Resistencia 532, obra de José Busto, dirigida por Andres P. Dwyer.

Pues sí ha sido un buen acierto de José Busto inicial como punto de partida, ganador con esta obra del VII Premio Jovellanos de producción escénica. Lo que representa: dos personas en el Gran Hermano televisivo, concursantes en el 25 aniversario de un programa especial que se llama, y el título es significativo, Resistencia. Y enfrente dos actores más de carne y hueso que forman parte de la manipulación de esos programas. Una, directiva (muy mal hablada y de pobretón lenguaje, según quiere el autor, pobremente) y su presentador. Son los excelentes Juan Blanco, Lautaro Borghi, Sara Martínez y Cristina Puertas. Y lo que vemos (no es poco el aparato audiovisual de esta puesta en escena) es ese formato de programa pero, como se dice ahora, en otra vuelta de tuerca: en vez de ser voluntarios en un futuro próximo, según nos da a conocer este escritor teatral tan provocativo, son seleccionados por la fuerza. Dos vigilantes (que vemos en unas proyecciones) asaltan desprevenidamente para captar concursantes y llevarlos literalmente a la fuerza al plató. Allí una pantalla gigante y una televisión con un actor que todo lo vigila (que vigila a los vigilantes de la televisión), como el sumo hacedor (perfecto en esa identificación con alguien extranjero), y dos jaulas traslúcidas con cámaras interiores donde se encierra a los involuntarios ya digo que, forzados en un futuro que ya se va viendo como muy plausible. Todo sea por captar audiencia y morbo, como se dice en el argot. Se trata de aguantar. En el concurso (la gente aguanta en sus casas esta tele tan burda). Concursantes cuyo lema es resistir. Resistir o morir. O matarse, o suicidarse. La televisión ya lo ha mostrado: personas que exhiben su cáncer o enfermedad terminal hasta restregarlo a los televidentes (los que quieran verlo: una mayoría). Personas que se matan en directo o que hacen o comen mierda. Este teatro ha puesto unos medios muy grandes, muy técnicos, muy instrumentales para mostrar el premio literario. La función tal vez desplazada por el órgano, podríamos decir. Lo que sirve nos oculta para lo que sirve.

Resistencia 532, producción de Paraninfo 58.

Resistencia 532, producción de Paraninfo 58.

Volvamos finalmente a la obra y lo que merece por esta dilatada introspección a que nos ha llevado. Tras la propuesta del tema de los concursantes obligatorios, otro acierto: los pequeños anuncios proyectados en audiovisual que son de una mordacidad, y diríamos un mordiente, una causticidad e ironía que no hemos visto en ningún otro momento de la obra teatral. Y bien que nos pesa. Y nos apena y alarga. Con esos actores en pantalla tan interesantes, tan excelentes David Acera, Cristina Cillero, Jorge Moreno, Arantxa Fernández, etc. Y el principal Javier Sandoval.

Echamos en falta la sal y la pimienta de la ironía y esa linealidad de las escenas hace previsible lo que acontece de una a otra. Que aparenta un batiburrillo. Mal explicado y expuesto. De unas relaciones dobles entre concursantes y directivos del programa que vienen a cuento. Tal vez sí (bien explicadas) para el propio escritor que podía haber utilizado otras argucias. Pues no ofrecen tensión más allá de la física cuando debería, ya que apuntaba en esa dirección al principio, ser algo más psicológica. Y se resuelve un tanto infantilmente con mamporros y bofetadas, y juegos de pistola que se podían sintetizar en una sola bofetada y un solo disparo. Pero bueno, no queremos enmendar al escritor, ni por supuesto al director, pues no ganaríamos nunca este concurso Premio Jovellanos ni ningún otro, sino dar nuestro parecer sobre cómo podía haber ido encaminado algo distinto el drama. No para nuestro gusto que nunca ha estado a disgusto. Bien es cierto que la obra hace bucles que no deberían haber sido incesantes para durar algo menos con el mismo resultado. Se hace larga y previsible. Orientación, dirección y sentido son los vectores de la física. Y deberían ser los del ser humano en todos sus propósitos. Bien cierto es que somos débiles y cuando creemos tener uno (el sentido, por ejemplo) se nos escapan las otras (la dirección y orientación, por ejemplo). Y al revés. Y al contrario.

Los actores han estado excepcionales ¿Lo haría yo mejor, lo escribiría yo mejor, lo dirigiría mejor, lo orientaría mejor? Ya digo que no, no se trata de decir cómo lo haría uno o lo sentiría de otra manera. ¡Que no! Con una juventud actoral desorbitante, por no decir desorbitada, o sensible melodramáticamente, a la que sustraen también los modelos televisivos, ¡esas series, esas series!, que en general sirven en bandeja tanta sobreactuación y exageración exultante. No me parece mal tampoco. Me parece. Simplemente pues, me parece. Y con seguridad, sí, mi parecer esté equivocado. El teatro se llenó. Y los actores se llenaron de aplausos. Y el actor que dirige el programa, dirige y acaba con su arma dirigiéndola hacia sí mismo. Cierra el círculo que Busto ha querido mostrar ya dando unas pinceladas en su inicio. No como el Jim Carrey que vivía en un mundo de plató (en el “show de Truman”), saliéndose del escenario en un acto final de rebeldía en una memorable película. Sino saliéndose personalmente de sí descerrajándose la cabeza. Y estuvo atento en general, el público sin ceses de atención, ni dimisiones en ese alargamiento de la posición de la tesis de nuestro gran escritor, visionario, analista y didáctico. Y algo serio ahora. Y, la televisión. La televisión estuvo ahí. Esa máquina que nos cansa tanto. A mí personalmente, digo, un poco sin intimidad, exhibicionistamente hablando. La televisión, e internet y todo lo demás y los foros sociales, y los mentideros digitales, las frases hechas, los lemas, las frases bonitas, los saqueos a la imaginación individual, todo eso que se propaga exponencialmente, ¡cómo nos cansa, cómo nos importa un bledo! Una mierda. Una auténtica mierda. Donde esté el teatro. El analógico. Y mejor el lógico. Como esboza, pincela y cincela este.

A propósito de la televisión

Apuntaciones a lo que nos sugiere la obra de josé busto

La obra evidencia que estamos ante un instrumento de seducción. De seducción mayor: la televisión. O de intoxicación, o de interacción, subordinación o influencia. El teatro (una vez más al servicio) hipnotizado, o como dicen ahora, abducido, por la televisión. Y la idea de la que se parte es muy buena. El consumo de medios audiovisuales es abrumador en las generaciones jóvenes y en las venideras. Asombroso. Ingente. Y sin duda, pues, previsible (se veía venir, se ve venir, vendrá —tiene razón el autor—) desde hace mucho por el devenir de los acontecimientos desde los años 60. Un vaticinio que anticipó Karl Popper, poco más o menos, un año antes de morir (y ya fue hace mucho, 1994): “la televisión degrada a la especie humana”, dijo. No pensamos que Popper haya confundido el medio, el instrumento (la televisión) con el fin (entretener). Los ruidos con la música. Los gritos con la razón. La función con el órgano. Lo vociferante con lo que se vocifera. Como esas chicas (y chicos) que miran más al instrumento (una moto, un relojazo, un pantalón apretado) que a su fin (el desplazamiento a pleno aire, dar la hora, o marcar paquete). O quienes llevan a confundir un cochazo con quien lo conduce, por muy fálico que sea. El medio es el fin, “el medio es el mensaje”, decía Marshall McLuhan creador del término “aldea global” de la comunicación, la aldea tribal de los medios electrónicos. Y Baudrillard (el nuevo motor social es el consumo y no la producción), cuando dijo que la guerra del Golfo (1990) no había tenido lugar, pues la guerra no era ya la “continuación de la política por otros medios”, sino “la ausencia de la política por otros medios”. Aquí, los medios de comunicación: la televisión en directo retransmitiendo el show en tiempo real (como se empezó a decir entonces). La copia sustituyendo a la autenticidad, la hiperrealidad fingida. La sociedad del show, del espectáculo, y la de la queja, la de histeria, la de la disipación individual en lo colectivo. La televisión, como los cerebros, como cajas vacías de un autista. Que se arman y erigen como un castillo, en su anomia como una defensa (Bettelheim), una fortaleza que no esconde nada. El vacío, la vacuidad del ser. Del ser moderno. Ultramoderno. Ultra y moderno. Hasta aquí las reflexiones y excurso a que nos conduce esta pieza.

Pero analicemos aún para qué servía esta televisión, que representan aquí en sus últimos productos, cuando se creó: Es bien conocido que el propósito fue (aparte de la fascinación técnica, loable en sus primeros propósitos cuando se inventó la tele en los años 40, aquello que se repetía cuando sólo había una cadena en los años 60 en España —llegó con casi 30 años de retraso aquí, y en blanco y negro— “formar, informar y entretener”). Un mensaje difuminado, cuando no barrido, del interés de las masas televidentes. Bueno, bien, vamos a dejar de llorar por el Estudio 1, pero mencionémoslo otra vez. La confusión entre realidad y espectáculo sigue su curso. Conocí un cretino (que secuestró un avión en Argentina en los años 60 para enmudecer a una mujer, para que volviera a acostarse con él) que paseaba un bastón de plata en un chigre de su pueblo en Quirós, para que otros (como él) le admirasen, al bastón, y a él, y a su leyenda: y claro salió por la televisión. Y a un minerito que iba a verse, una y otra vez (autocomplacerse) retratado en una exposición de fotos sobre esos altercados en la que salía ufano antes y después de recibir hostias y romper un brazo (por supuesto que llevaba el brazo y la escayola: su instrumento, y él mismo instrumentalizado) defendiendo unas minas que su sindicato había suscrito, rubricado, firmado y cobrado, cerrar (todavía duraron otros 20 años de prórroga). Narcisismo. Yo retraté al retratado que había intentado hacer descarrilar un tren. Tal vez el tren de la verdad, el de la justicia, el de la libertad, el de la igualdad, el de la fraternidad. Ese mismo año, pocos días después me adelantó una pareja motorista que unos metros adelante cayó al pisar el asfalto hervido por una barricada: él se seccionó el cuello y ahorcó, ella, atrás salió despedida volando hacia Figaredo, su tumba. Y todo ello por una lucha pactada y firmada por los dirigentes sindicales. Es el momento de recordarlo. Permítaseme la licencia. Cuando el ugetista José Ángel Fernández Villa declara en la tele: “no aceptaré ni muerto el cierre de ninguna explotación de Hunosa” dicha por él mismo el 11 de junio de 1986, ni que decir tiene que en ese mismo instante empezaron los cierres de estos pozos de Hunosa: Polio, Tres Amigos, Barredo, Olloniego, Figaredo, San José, Santa Barbara, San Antonio, Lieres, Mosquitera, Pumarabule, Fondón, Venturo, Entrego, San Mamés, Cerezal, San Lluis y Samuño. Los siguientes lavaderos: Candín, La Servanda, Carrocera, La Cuadriella, Modesta, Sovilla y Pumarabule. Minas a cielo abierto: San Víctor, Cotobello, La Mozquita, La Matona, Braña del Río y Abedurriu. Además de la mina San Víctor, los dos laboratorios, el Hospital de Hunosa y los talleres. Aparte de todas las minas de montaña o chamizos de la cuenca, como Linares, Jovesa, minas del Principado, etc. La reducción de empleo llegó de 20.497 mineros en Hunosa en 1987 a 1.800 en 2012. Él sigue en el cargo. El muy vivo. Luego, cerrarán más minas.

Bueno, bien, sin duda, en el debate político es la mentira la esencia del engaño. Y desde no hace tanto el robo sistemático. Ese es el ejemplo del hombre público. Radiado y televisado ahora por internet y los móviles. Este teatro muestra esa falta de escrúpulos para mostrar la intimidad en público porque falta al hombre moderno el sentido de la proporción (tal vez ningún hombre, por moderno o primitivo que haya sido, ha tenido esa proporción). El de la mesura, el del ridículo, el de la intimidad, el de la discreción. Y faltan desde que Pericles elevó al más alto rango de la convivencia humana a la democracia en el siglo V antes de Cristo. Una hazaña inigualable, en opinión no sólo mía (no tengo ni una sola opinión genuinamente mía) sino de Bowra, C. M. Todo sea por el show (audiovisual por supuesto). Por el ego y el super yo. Para qué mencionar aquí esas masturbaciones, físicas y mentales, sacadas de su seno, de su más topográfico yo, para ser difundidas masivamente. En blogs, o en free cams. Pero no confundamos sin intención, ahora sí otra vez el medio con el fin, la función con el dichoso órgano.

Bueno, pues sí: son sólo digresiones que me motiva este buen hallazgo de José Busto, que hace ya muchos años nos impresionó con su noticia, su obra sobre esta misma playa de Gijón, descorazonadora y triste y llena de luz por igual. Y esto de aquí en este hermoso teatro de Gijón es el Gran Hermano. Todo esto de lo que hablamos es ese ojo que todo lo ve y predice y condiciona, y manipula con el nada inocente canto del cisne de las tecnologías. El gran hermano es un título que vino robado (y claro, todo el que roba debe matar antes) y desacralizado. Y sin citar (ni por supuesto leer) el título de la obra original homónima del irlandés George Orwell, y que se trajo hace unos años (no sé cuántos, con un griterío y alharacas ensordecedores) como una exportación de una idea muy poco filosófica y burda, por supuesto que yanki, o anglosajona, a la televisión nacional, es decir la televisión regional de esta aldea global.

Y se trajo la manipulación barriobajera de individuos de poca monta intelectual en el circo de las pantallas multitudinarias, al grito de “un tonto, hace ciento”. Un tonto, un acontecimiento difundido por la televisión, una maldad, una banalidad, una vulgaridad, aboca o emboca al crecimiento geométrico de la bobería y hasta maldad y vulgaridad de quien lo ve, y casi, con toda seguridad, lo imita. No olvidemos que el fin último de la televisión es el niño, y la publicidad. El niño tomado como un consumidor (presente y sobre todo futuro e insaciable) de productos y publicidad. Y el espectador tomado siempre como un niño.

Ya lo había advertido Oscar Wilde (verdad es que no se imaginaba que daría su frase para este subproducto): “la naturaleza imita al arte”. El simulacro ha nublado a la realidad. Y este Gran Hermano, que muy toscamente también (y en una traducción lineal y boba del inglés), se tilda de bizarro por quien no interesa que la filosofía (el amor al saber) se difunda: un gran ojo, una cámara que vigila el experimento de unos hombres-cobaya (tal vez les defina mejor lo de hombres-rata) capaces por ese minuto de gloria (los quince de Andy Warhol) de exhibirse ante una pantalla en su descolocada falta de intimidad.

Vale, bien, la televisión no es sólo la caja tonta. La mía en sí misma no creo que lo sea. Así como no creo que la inteligencia sea artificial. Ni internet, ni los ordenadores, ni todos esos aparatos técnicos, incluso los móviles de postrera generación, el “no va más”. Da igual. Que digan que los sea. Son instrumentos, no fines. Es un fin un pene, o ¿un instrumento? Y un pene largo y un falo corto. Y unos grandes pechos. Y unas enormes caderas. ¿Y una Venus esteatopigia? ¿Y un hombre haciendo operaciones matemáticas como un idiota, y de memoria como un computador, y un niño recitando nombres de dinosaurios como un super bobo, o marcas de ropa? ¿O enseñando el culo y las tuberías en una colonoscopia? Llevando ad infinítum podríamos confundir los instrumentos de la comunicación con lo que se comunica. Y es lo que hacemos. Y la propia televisión ya es una caja de Skinner. Una tragaperras que nos habla y nos incita a consumir nuestro dinero, nuestro tiempo, nuestro ocio. La administración de nuestro ocio, he ahí el dilema: ¡Hagan juego señores! O mejor: ¡pierdan tiempo, señores! Pierdan el tiempo, su vida, su interés, su intelecto ¡A las maquinitas, a las maquinitas! Consúmanlas. Consuman su tiempo. Usen y tiren, desperdicien su vida en la banalidad. Hace tiempo se ha consensuado (y se ha olvidado casi definitiva e irremediablemente) que es el bien el que se debe propagar colectivamente (¿se ha inventado para otra cosa la escuela, la educación, la instrucción, o, en primer caso la religión?) y públicamente. “Las personas hacen el bien si saben lo que es correcto” (Sócrates). Y ¿el mal? Y si el bien no se enseña, y ¿si no se enseña lo que es correcto? La televisión está ahí, cumpliendo su deber social. Pero inverso. No ejemplifican nada bueno. El mal es siempre más atractivo.

El mal se debe, se necesita descubrir individualmente, íntimamente (aunque estemos en grupo, pues ¡ay de quien no lo descubra personalmente!). Pero se hace al revés. La televisión lo acredita. Su tarea principal parece ser encumbrar lo negativo del ser humano. Hablamos en general. En lo que repercute, en lo que abre los telediarios y causa furor como liderazgo de audiencia. Desde hace unos 50 años. Tal vez el triunfo de la postmodernidad y el relativismo cultural. La destrucción final de la especie humana como progreso. De la búsqueda de la verdad, el conocimiento, el arte, la ciencia, la ingeniería subordinada a la mejora de la humanidad. Todo eso terminó en la Segunda Guerra Mundial. Ese Tánatos que configura la esencia de lo humano ha postergado y ocultado el Eros. Y al revés también. Se ha ocultado y desplazado la muerte para enjugarla en un tótum revolútum de narcisismo ¡Ay espíritu crítico!, ¿estás ahí?

No es que la televisión (y sus programas de cotilleos, y devaneos, donde debería aparecer la curiosidad, y el descubrimiento de las flaquezas y las grandezas, las grandezas ¡amigos! del ser humano, y su naturaleza, y no las bajezas de los chismorreos, cuernos, vulgaridades, secuestros, robos, mutilaciones, violaciones y asesinatos, pederastias por pedofilia, habladurías de bar, puterío, mariconería, peluquería o salita de dentista) sea un instrumento de asalto (por los guardianes de nuestra intimidad) sino que, como un juego maligno de Orwell (qué terrible la sociedad que nos presenta, y la que encontramos reflejada en su obra: la de los totalitarismos nazi, comunista, castrista, coreano, islamista, fundamentalista, monetarista, simplicista…), nos evidencia el misterio y el ministerio de la propaganda exhibida como publicidad. Cuántas veces comemos y tragamos, y bebemos la publicidad y no el producto, las soflamas, los lemas, los arquetipos, los placebos y lugares comunes y sectarios. Lo decía ya pues, Lope. Lope de Vega, hagámoslo necio, pues lo quiere, lo paga, lo necesita el vulgo. Esa masa (informe) es la que deglute esto. Todos somos masa: la de los que gustan de esto, la de los otros, la de los resistentes culturales, hasta la de los autoexiliados. Bien cierto que hay masas bien pequeñas y de poca miga. No hay novedad. Esto es viejísimo. Lo de pan y circo. Y propaganda. Siempre recordaré a Alfonso Guerra castigando en Rodiezmo hace unos años al presidente del Principado, Areces, por crear un gasto inmenso inventando la TPA para su uso y manipulación (en palabras de Guerra, que dejaron estupefacto a Don Vicente). Y sin embargo esta tele de casa ha propiciado unos programas más independientes y buenos de lo que se esperaba: volviendo a la vieja fórmula de informar y entretener, la formación corre por cuenta ajena.