Diez especialistas vuelven la mirada hacia la centenaria obra de Benavente

José Luis Campal Fernández

La conmemoración del siglo de vida de La malquerida, una de las más carismáticas producciones de nuestro Nobel Jacinto Benavente, estrenada el 12 de diciembre de 1913 en el Teatro de la Princesa de Madrid, constituye inmejorable oportunidad para convocar a diez acreditados especialistas teatrales de nuestro país alrededor de tres cuestiones que estimamos de crucial importancia:

Fotografía del estreno de La malquerida (1913), publicada en “Nuevo Mundo”. Digitalización de la Biblioteca Nacional de España.

Fotografía del estreno de La malquerida (1913), publicada en “Nuevo Mundo”. Digitalización de la Biblioteca Nacional de España.

1) ¿Cómo acogería un lector/espectador del siglo XXI un drama rural de aliento trágico como La malquerida? ¿Apreciaría en toda su intensidad, como hizo en su día el público madrileño, la carpintería dramática y el uso atinado y moderno del diálogo y la construcción psicológica de los personajes, sobremanera los femeninos?

2) Con la perspectiva que otorga la distancia temporal, ¿considera usted que supo armonizar convenientemente nuestro premio Nobel las acciones externas e internas que se plantean en La malquerida?

3) ¿Qué lugar ocupa, a su entender, La malquerida dentro del corpus teatral benaventino?

Los profesores, catedráticos y críticos que gentilmente se han prestado a brindarnos sus puntos de vista son: Gregorio Torres Nebrera, Eduardo Pérez-Rasilla, Ángel Berenguer, Juan Antonio Hormigón, José A. Pérez Bowie, Virtudes Serrano, José Rodríguez Richart, Mariano de Paco, Guillermo Heras y Francisco Javier Díez de Revenga. Éstas que siguen son sus apreciaciones, jugosas de cabo a rabo.

 

I. Gregorio Torres Nebrera

«1) Probablemente el espectador de 2013 sentiría escaso interés por este drama rural, pues plantea situaciones que están ya muy lejos de su entorno, y de lo que ocurre en la sincronía que envuelve al espectador moderno. Lo que escandalizaría o soliviantaría a los espectadores de 1913 es muy distinto de lo que atrae la atención, aunque sea morbosa atención, del espectador actual. Sospecho que, una vez desaparecido, por razones biológicas, el tipo de espectador que alguna vez gustó del teatro benaventino, ni siquiera un montaje de lujo atraería probablemente al espectador medio actual de teatro, y su recepción –con interesada expectativa– se limitaría a aquellos que hiciesen un previo ejercicio de arqueología teatral. Es decir, sería necesario convocar a un espectador similar al lector actual de este texto, que lo es en tanto que quiere ilustrar su contacto, por diversas razones, con la historia del teatro español del pasado siglo y sus dependencias del teatro de finales del XIX. Por otra parte, la falta de montajes recientes de Benavente (hace ya veinticinco años de la última reposición de La malquerida) ha sacado al premio Nobel del canon del autor “obligado a ver”, como sí lo son, todavía, autores más o menos coetáneos de don Jacinto, como Valle, Lorca o, incluso, Jardiel.

El público actual de teatro dista muchísimo del público al que se dirigía Benavente en sus años de mejor aceptación, y por tanto considero que a ese público de ahora mismo le parecería de escaso interés el conflicto de pasión-celos-falso incesto que se plantea en el drama. Y menos aún, el lenguaje empleado, hoy fuera de la norma (por más que sirva para significar el ámbito rural en el que se ubica la trama), amén de que actualmente tampoco se valora como rasgo positivo eso que entonces se llamaba “la carpintería teatral”. Es más, la obra abusa en varias ocasiones de parlamentos analíticos y expresivos demasiado largos, que resultan extraños al lenguaje teatral de las últimas décadas. No obstante, en las fechas de su estreno, como ahora, cualquier espectador notaría que la obra está preparada para un mayor lucimiento de las actrices en detrimento de los papeles masculinos. Y, además, en la valoración de esta obra de poco serviría hoy esa evidente relación libresca con antecedentes trágicos (Fedra-Hipólito) que pertenecen ya (desgraciadamente) a lo erudito, y quedan fuera de la percepción mucho más empobrecida –en bagaje cultural– del actual y habitual público medio de teatro.

2) Si bien para un espectador poco avisado La malquerida sería poco más que la crónica de un vil asesinato (o de dos) y el posterior descubrimiento de un culpable, Benavente quiso que su obra atendiese, paralelamente y de forma sustancial, al fluido íntimo de unas pasiones irrefrenables en su sordo golpear de años, y que, a raíz de ese suceso delictivo, estallan. Considerada en el contexto teatral en el que la obra se escribe y se estrena, tal combinación de dos acciones podía considerarse como una novedad y una habilidad técnica, que hoy, sin embargo, resultaría bastante elemental, cuando el público de un siglo después se ha formado en relatos cinematográficos y teatrales de estructura mucho más compleja.

3) A pesar de todo lo expuesto en los apartados precedentes, La malquerida ocupa un lugar destacadísimo en la vasta producción benaventina. Es el texto emblemático de su modalidad de “drama rural”, subgrupo del teatro realista (e incluso naturalista) de la época, con larga descendencia (desde Pármeno a Suárez Carreño); y, desde luego, sin el diseño aportado (y logrado) por La malquerida sería difícil entender dramas más modernos y maduros de aquel tipo de teatro como Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba: con este último drama lorquiano la obra de Benavente tiene más de un punto de contacto.»

 

Ernesto Vilches en La malquerida. (Colección de Manuel Palomino.)

Ernesto Vilches en La malquerida. (Colección de Manuel Palomino.)

II. Eduardo Pérez-Rasilla

«1) Es difícil predecir la reacción del público. Muchas veces pensamos que algo resultará muy actual y no es aceptado como tal por el espectador. O viceversa. Pero, dejando a salvo estas consideraciones, tengo la impresión de que La malquerida solo podría ser vista en un escenario como una obra representativa de un período histórico, de una manera de hacer teatro circunscrita a una etapa concreta, como una tentativa meritoria de un dramaturgo prestigioso y brillante. Pienso que La malquerida, a pesar de sus cualidades teatrales y literarias, que las tiene, no ha traspasado esa barrera que separa el teatro de un momento específico del teatro del gran repertorio, es decir, de aquel que puede ser revisitado una y otra vez y tiene siempre cosas nuevas que mostrar al espectador. Son muy pocos los textos que consiguen superar esa exigente prueba del tiempo y entiendo que La malquerida no se encuentra entre ellos. A pesar de ello, y consciente de que es paradójico, me parece que sería interesante proponer una relectura, escénica o literaria, de La malquerida.

2) A Benavente no le faltaba dominio técnico de la escritura dramática, desde luego. Era un hombre cultivado y sagaz y poseía una notable experiencia. Trabajaba con tenacidad, con pulcritud y con conocimiento. Sin embargo, se le reprochó por parte de la crítica más exigente –Pérez de Ayala o Díez Canedo, por ejemplo– la falta de acción en su teatro. Pero, ciertamente, el drama rural depende más de la creación de una atmósfera que presagie un estallido, que de la acumulación de acciones externas que debilitarían precisamente el desenlace y que impedirían ese proceso de enrarecimiento paulatino que, creo, es consustancial al género del drama rural. Lo que se presiente debe tener más peso que lo que se ve. En consecuencia, al drama rural le conviene una cierta parquedad de las acciones. Son las luchas interiores de los personajes, sus temores, la espera de una amenaza –real o imaginada, incipiente o entrevista– que se cierne sobre ellos, los elementos más importantes en la trama.

3) Tengo la impresión de que ha sido considerada, junto a Los intereses creados, como el texto más valorado del dramaturgo. Aunque escribió otros dramas y también otros dramas rurales, aventuro que la redacción de La malquerida constituyó para él, más acostumbrado a la comedia, un reto importante, una cierta prueba de su capacidad como dramaturgo, una contribución a un género entonces prestigiado. Y, desde luego, su escritura es ceñida y precisa, la dosificación de las acciones adecuada y, lo que es más importante, atina en la creación de unos papeles destinados a unos actores que habrían de encargarse de ponerla sobre un escenario.

Pero tengo la convicción de que el genio de Benavente estaba mucho más dotado para la comedia –la alta comedia– que para el drama o para la tragedia. Su ingenio era más mordaz que apto para la expresión del dolor o de las grandes pasiones. Su escepticismo burlón y su propensión a la ironía se avenían mal con esta exploración de las zonas oscuras del espíritu humano y, sin embargo, se desenvolvía con soltura por los territorios de la sátira, de la reconvención indulgente pero certera. Y, por lo demás, Benavente era un comediógrafo urbano. Su lenguaje rural y popular –les ocurre algo semejante a otros colegas– tiene mucho de impostado, de sobrevenido. Sus modales –también los profesionales– eran más aptos para los salones burgueses o aristocráticos del Madrid de su tiempo que para los senderos de montaña o para los terrenos de labor. Así, los personajes más logrados suelen serlo precisamente por su mediocridad vital, por su conducta morigerada y mezquina, por su lenguaje ingenioso y viperino, por la hipocresía calculadora de una moral incapaz de arrojarse en brazos de las grandes pasiones. El personaje benaventino soporta mejor el disfraz de máscara de la comedia del arte, que su metamorfosis en atormentado sujeto de pasiones voraces. El aire de la ciudad les sienta mejor que el del campo.»

 

III. Ángel Berenguer

«1) Creo que estamos en un siglo sorprendentemente cercano y alejado a la vez del que acogió este estreno de La malquerida el 12 de diciembre de 1913. Benavente narraba la Restauración, y su ruinosa gestión de España, centrándose en un aspecto fundamental de aquella realidad: el campo y la sociedad rural atrasada y abusada. Ahora estamos en la Restauración Restaurada (partidos turnantes, clases políticas corruptas, escándalos financieros, clases trabajadoras aplastadas y clases medias destrozadas), es decir, el sueño del general Franco: volver a la Restauración (la época dorada de sus éxitos personales, sociales y profesionales, cuyos valores más retrógrados abrazó y defendió), ya que la Dictadura (sin él, como mostró genialmente José Ruibal en El hombre y la mosca) era inviable. En tal sentido, La malquerida es una obra muy actual porque retrata con sabiduría los perfiles del abuso, la victimización y la deshumanización del entorno en que se desenvuelven personajes tan bien definidos y ejecutados.

Por otra parte, el género ha evolucionado mucho y, ahora, la cuestión se ha planteado con nuevos y actualizados argumentos. Desde hace décadas, el esquema dramático de La malquerida ha paseado escenarios y pantallas, desde Lorca a Rodríguez Méndez y el Teatro Campesino, que ha globalizado el tratamiento. Hoy sería curiosa una buena adaptación de esta obra al contexto actual en el marco conveniente de los desahucios, los movimientos callejeros y el destino incierto de millones de parados.

2) No me parece ofrecer ninguna duda, dada la habilidad demostrada por el dramaturgo y su constante búsqueda de la eficacia escénica. Ello le lleva a contrastar sistemáticamente la entidad del personaje y su proyección escénica.

3) Las obras de teatro suelen salir bien definidas desde las críticas que reciben el día de su estreno. Al menos antes ocurría eso cuando la crítica periódica se hacía por expertos con una ideología bien definida y partiendo de los datos aducidos por la inmediatez del estreno. Desde el principio, esta obra forma parte del corpus benaventino en un lugar destacado en su género. Por ello desearía referirme y citar extensamente un trabajo excepcional sobre el teatro de Benavente: Jacinto Benavente y la crítica de su tiempo (1894-1914), de Miguel Ángel Lera Rodríguez, tesis doctoral de 2007 en la Universidad de Alcalá, quien refiriéndose a la crítica recibida por la obra el día de su estreno, escribe:

“Nos encontramos sin duda alguna ante la obra mejor valorada por crítica y público de todas las estrenadas por Jacinto Benavente hasta la época. Y no solo revelan este hecho los números (100% de juicios positivos de crítica y público), sino los propios comentarios de los críticos, que denotan una admiración por el autor y su obra unánime, ensalzando en todo momento y sin ninguna reticencia las cualidades del nuevo drama estrenado. Gregorio Campos en El Correo Español deja bien claro cómo “las ovaciones delirantes que un público electrizado por el arte rindió de pie en la sala y en los palcos, repetidas ocasiones, á D. Jacinto Benavente, indican el éxito del mayor literato que hoy brilla en las letras patrias”. Y cierto es que “después del dilatado silencio del maestro, dos años de apartamiento de la escena” (ABC), la expectación por ver una nueva obra del autor madrileño era enorme. Y no defraudó. Por otro lado, esta ausencia de la escena por parte de Jacinto Benavente se compara con la de Galdós, que estrena Celia en los infiernos tres días antes en el Teatro Español. Esta casualidad hace que se les vuelva a contrastar como “los dos grandes dramaturgos de España, Benavente y Galdós” (La Correspondencia de España). Lo importante quizás del estreno de La malquerida es lo que supone de culminación y de indiscutible reconocimiento para su autor, cuya obra llega a ser considerada “un monumento literario que ha de pasar á la posteridad, con igual gloria que pasaron las obras inmortales de Shakespeare, Calderón ó Lope” y con la que “mal pueden paragonarse en méritos las más célebres de Suderman, Metherlink, Berstein y D’Annunzzio” (El Correo Español). Benavente es incluso considerado por Un Espectador, en El Ejército Español, “hoy por hoy, único. Se mueve en esfera aparte de los demás. Marca por sí solo una época de la historia de nuestro teatro, como la marcó Echegaray, como la marcó antes Tamayo, antes el duque de Rivas”. La obra en sí es, pues, considerada “una solemnidad, una de las más grandes solemnidades que hemos presenciado hace tiempo” (ABC). E. C., en El Correo, dice de la obra que “tiene no sólo el valor supremo de una admirable obra de arte, sino también el interés enorme de definir cabalmente un aspecto, en cierto modo nuevo, de la personalidad de Benavente, y plantear además problemas muy complejos de estética teatral y de técnica literaria”, es “trágica con toda la fuerza de la tragedia; dramática, con la mayor intensidad dramática” (El Correo Español), “hija directa del teatro griego y quizás, como aquellas excelsas creaciones trágicas de la Grecia antigua, también inmortal” (La Correspondencia de España). Es decir, que frente a lo que muchas otras veces anteriormente se le achacaba al teatro de Benavente referente a que era poco teatral, Alejandro Miquis comenta ya en El Diario Universal que “no puede llevarse la habilidad técnica más lejos del soberano dominio de ella que en La malquerida se nos muestra”. Es una obra considerada por “sus tipos, los tipos de sus personajes, dentro de la más pura realidad” (El Globo), que unida al destino de la tragedia griega, muestra “la vida, en toda su crueldad (…), dolorosa y triste, en una protesta trágica de la voluntad individual, contra la fatalidad inexorable” (El Mundo), una obra en definitiva que para José Alsina, en El País, muestra “el brío realista que honra á parte de nuestra dramaturgia contemporánea”. No faltan, pues, los elogios para La malquerida, considerada por Jesús J. Gabaldón en España Nueva como “una obra portentosa, enorme, que asombra, estremece, arrastra y agota. Benavente ha hecho el drama gigante, la tragedia sobria, realísima, que puede ser iniciación de una tragedia rústica, que nadie hasta el día hizo en España”. Caramanchel sentencia en La Correspondencia de España: “Este drama no tardará en traducirse á otros idiomas”. Como nota negativa se cita “que el final del primer acto es un recurso teatral innecesario, puesto que no aumenta el interés en que el drama queda e indigno del talento de Jacinto Benavente” (Diario de la Marina), y que incluso “el tercer acto –para Zeda, en La Época– peca de artificioso”, produciendo éste “una penosa impresión en su final” (La Prensa). Pero poco o nada más. Por último, cabría destacar, aunque sólo de manera muy sucinta, el éxito conseguido también por María Guerrero al representar el papel de Raimunda. La crítica la ensalza hasta el punto de considerarla como “la sublime trágica española” (La Bandera Federal), una actriz que “culminó, superándose á sí misma, las cimas del éxito” (Blanco y Negro), “la actriz soñada por el autor para encarnar la protagonista de un drama” (El Ejército Español) que “alcanzó las cimas de la perfección” (El Globo)” [Lera Rodríguez, 2007, pp. 1502-1504].»

 

Lola Membrives, como Raimunda en La malquerida, recibiendo la Medalla del Mérito al Trabajo en el Teatro Lara de Madrid en 1961. (Foto de Alfredo, colección de Manuel Palomino.)

Lola Membrives, como Raimunda en La malquerida, recibiendo la Medalla del Mérito al Trabajo en el Teatro Lara de Madrid en 1961. (Foto de Alfredo, colección de Manuel Palomino.)

IV. Juan Antonio Hormigón

«1) Si la representación se hiciera con la integridad del texto y formalismo convencional, a mí me interesaría muy poco. Pero este texto es de muy difícil intervención. Se trata de un drama rural con marcadas connotaciones melodramáticas, y soluciones meramente externas no modificarían su trasfondo. Ahora bien, aunque pienso que un gran número de espectadores pensarían como yo, otros más puede que no lo hicieran. A mí no me parece la obra más representativa de lo que Benavente nos legó.

2) En cuanto al gusto dominante en su tiempo, pienso que sí. Benavente conocía muy bien el “hacer” teatral, y mejor aun al público al que se dirigía.

3) Como antes he apuntado, lo que más me interesa de Benavente son las obras iniciales, escritas con pasión regeneracionista: La gobernadora, Gente conocida, La comida de las fieras, etc. En esta época, entre los dos siglos, dirige además la Revista Nueva, que es una espléndida publicación. También me interesa mucho La noche del sábado, que supone un cierto alarde de escritura dramática. La malquerida, como Señora ama, que es anterior, se inscriben en lo que se denominó en su día “drama rural”. Posiblemente tuviera mucho éxito de público, pero no es lo que más me interesa de este escritor excelente e inteligente, medroso y calculador a la par, que fue Benavente.»

 

V. José A. Pérez Bowie

«1) Pienso que La malquerida continúa conservando toda su fuerza trágica, pues en su composición Benavente se atuvo de modo riguroso al esquema insuperable del Edipo rey, de Sófocles: La malquerida, al igual que la obra de Sófocles, está construida como el proceso de búsqueda de “la verdad” que emprende su protagonista (Raimunda) ignorando que el descubrimiento de la misma acabará, como en el caso de Edipo, provocando su destrucción. En ese sentido, la trama de la obra, en su lectura, continúa atrapando el interés de un lector contemporáneo, si se abstrae de la inevitable sensación de arcaísmo que produce su lenguaje. Otra cosa es que la puesta en escena resulte poco actual y necesite una revisión a fondo. Esa revisión, si se aplica también al lenguaje, podándolo de expresiones en desuso y de localismos, contribuirá a que los personajes sean sentidos más “verdaderos” y, por tanto, más cercanos por el espectador.

2) La perfección estructural de la obra a la que me he referido antes se manifiesta de modo especial en una estrecha relación entre acciones externas e internas, que fluyen imbricadas con todo rigor y sin provocar ningún desajuste.

3) Puede decirse que junto con Los intereses creados constituye lo más representativo y destacable de la producción del autor. Son dos obras en las que Benavente se libera por caminos diferentes del vicio del teatro “conversacional” inherente a gran parte de su producción, en la cual la acción queda eclipsada por un diálogo generalmente inane desde el punto de vista dramático. Con La malquerida demostró su capacidad de manejar con todo rigor y perfección los resortes de una acción trágica pura. Y con Los intereses creados apeló a la tradición farsesca y a su espíritu lúdico para trazar desde la distancia que le proporcionaba su perspectiva irónica un implacable retrato de algunos de los vicios consustanciales a la condición humana.»

 

VI. Virtudes Serrano

«1) La reacción de los receptores no resulta fácilmente previsible; no obstante, La malquerida es un clásico de nuestra rica literatura dramática y no solo por su estreno en 1913, sino porque posee la fuerza de una auténtica tragedia griega. Su fábula contiene todos los componentes de aquel gran teatro: la heroína busca, como Edipo, la verdad; el destino la persigue; su empeño la lleva, en el reconocimiento, a la catástrofe. Cualquier conocedor o amante del arte dramático debe disfrutar con este texto. Ni que decir tiene que las actitudes dramatúrgicas, estéticas, ideológicas y personales de Benavente no siempre pueden ser justificadas ni aceptadas por un receptor de comienzos del siglo XXI; sin embargo, en su producción existen valores que la memoria histórico-cultural de nuestro país no debe olvidar y esta obra es uno de ellos. Antonio Buero Vallejo tenía gran aprecio por ella y, con la generosidad y altura humana con que se caracterizaba, siempre defendió los valores artísticos del autor, al que definía “maestro de los que le han seguido y de los que le han negado”, en el artículo necrológico que le dedicó (Boletín de la Sociedad General de Autores de España, n.º 3, agosto de 1954). En las demás partes que completan esta primera pregunta residen ya las respuestas: Claro que el lector espectador aprecia una buena estructura dramática, un diálogo ágil y atinado que sirve para ir construyendo trama y personajes; claro que ante unas mujeres como Raimunda, Acacia o la criada, que se levantan solas sobre la escena, que tienen carne y sangre, que evolucionan en el proceso argumental y escénico, el receptor se siente admirado, como le ocurre ante los personajes de las tragedias griegas o de Calderón o de Lope o de Shakespeare. La resolución dramática de Raimunda configura una de las mujeres más interesantes del teatro español del siglo XX.

2) La distancia temporal sirve precisamente para valorar la magnífica construcción dramatúrgica de un texto, concebido para el teatro, sin fisura alguna. Si nos detenemos a analizar algunos de los formantes de su compleja estructura, vemos que se lleva a cabo un proceso de desvelamiento de la verdad, conducido por Raimunda, una de las mujeres más extraordinarias del teatro del XX; pero, hasta llegar a ella, cada personaje, menos aquellos que conocen realmente los hechos, da su versión de los mismos. Ese conjunto de conjeturas cae sobre el espectador, que recorrerá con Raimunda, hasta la escena V del acto segundo, el camino que lleva a la anagnórisis. Tal perspectivismo, fruto de las múltiples miradas, actúa como un “engaño a los ojos” para quienes tienen delante, sin verla, la auténtica raíz del conflicto. El receptor no informado participará del punto de vista de Raimunda, el personaje conductor, y con ella irá conociendo y reconociendo la verdad encubierta.

3) Es difícil adjudicar la medalla de oro, cuando Benavente es también el autor de Los intereses creados, temáticamente tan actual e históricamente, ésta sí, reconocida como una obra imprescindible en la historia del teatro español, pero, en mi opinión, la humanidad que este drama rezuma, la verdad en la composición de personajes y reacciones, la solidez de su construcción dramatúrgica la colocan en el primer término de la producción benaventina.»

 

VII. José Rodríguez Richart

«1) Las reacciones del público son frecuentemente imprevisibles. Desde 1913 hasta hoy, la sociedad española (y con ella el público teatral y la crítica) se ha transformado enormemente. La novedad de La malquerida y, unos años antes, de Señora ama, con relación al teatro neorromántico y melodramático de Echegaray, fue, sin duda, un factor determinante –naturalmente no el único– que contribuyó no poco al éxito clamoroso de la obra en su estreno, novedad, por ejemplo, en el diálogo, fluido y exento de retórica y grandilocuencia o en la verosimilitud de los personajes. Hoy, ese factor, para el público contemporáneo, ya no existe. Con todo, al volver a leer atentamente La malquerida imagino que los espectadores potenciales de nuestros días pueden apreciar perfectamente otros aspectos relevantes de la obra, como la formidable personalidad de los personajes femeninos, de Raimunda sobre todo, pero también, a su manera, de la más compleja y ambigua psicología de su hija Acacia y hasta, a un nivel menor, de la sabiduría popular encarnada por la criada Juliana (emparentada, por ejemplo, con el tío Marko de La barca sin pescador casoniana). La personalidad de Raimunda es honda, coherente y totalmente convincente en su papel de madre, que, por defender y salvar a su hija, no duda en sacrificar su propia vida, poniendo con su muerte el clímax y la cima a la tragedia. La psicología de Acacia es más compleja y freudiana, pues con su silencio y mentiras adopta al principio ante los demás un papel de víctima propiciatoria hasta que su pasión latente, tan irrefrenable y fatal como la de su padrastro Esteban hacia ella (como en Bodas de sangre de Lorca), se desborda, explota casi podríamos decir, en la escena final, en un momento perfectamente romántico que nos recuerda el Don Álvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas. El descubrimiento o la revelación de la irreprimible pasión que siente por Esteban no impide, sin embargo, que Raimunda se interponga en el camino para salvar a su hija, inmolándose literalmente, pero esta inmolación conlleva la reconciliación de Acacia con su madre y, en definitiva, su salvación. La fiel y sabia criada Juliana sabrá sacarle sutilmente a Acacia, de las profundidades de su intimidad, que una de las razones de su presunto odio a Esteban es ver “cómo le quería su madre”, la envidia o los celos, pues, que siente porque él “me ha robao su cariño” (el de Raimunda), lo que le hace decir con razón a Juliana: “Pa odiar así (como Acacia dice odiar a Esteban) tié que haber un querer muy grande”. A cierta distancia de Raimunda y Acacia, pero no carentes de interés, están también, cada cual a su manera, los dos principales personajes masculinos, Esteban y El Rubio, el primero alternando entre la sinceridad de su amor hacia Raimunda y la fatal, irrefrenable atracción hacia su hijastra; el segundo, astuto y artero como un perro fiel hacia su amo, dispuesto incluso a matar por él.

A la pregunta de cómo acogería el público de nuestros días “un drama rural de aliento trágico como La malquerida” se podría responder cabalmente si una compañía teatral tuviera el valor de ponerla de nuevo en escena en el año del centenario y ver así en la realidad las reacciones y los resultados de esa iniciativa, que a mí no me sorprendería que fueran mayoritariamente positivos.

2) Por supuesto, a mi entender, Benavente armonizó sabiamente las acciones externas (el asesinato de Faustino, la ruptura del noviazgo de Acacia y Norberto, el ataque a éste de los hijos del tío Eusebio por creerle el asesino de Faustino, la explosión en Acacia y Esteban de sus sentimientos a duras penas acallados, el disparo mortal a Raimunda…) con las internas o psicológicas de sus personajes. Y no solo eso: creo que ello constituye precisamente uno de los aciertos principales de la tragedia: la acción, tan hábilmente llevada, cuyo interés va en aumento a medida que avanza la obra, armoniza y se justifica magníficamente con las intenciones y la mentalidad de los personajes hasta la culminación en la última escena. La impresionante firmeza de carácter de Raimunda, siempre dueña de sí misma y de sus obras, su inconmensurable amor maternal hacia su hija, también, hasta conocer la verdad, a su segundo marido, al que incluso está dispuesta a perdonar magnánimamente para salvaguardar la honra, los desvaríos del inseguro y vacilante Esteban, el comprensible dilema en que se encuentra Acacia, entre el amor hacia su madre y la pasión refrenada durante años hacia su padrastro, pasión que se desborda hacia el final, rompiendo todos los diques… La malquerida es, en todos los sentidos, una obra admirable, excepcional, una pieza cumbre del teatro español de todos los tiempos. Benavente no es solo el ingenioso autor de las finas comedias de salón, como Rosas de otoño, o el satírico y elegante comediógrafo de Los intereses creados, es también el autor de una tragedia rural que puede parangonarse con las mejores del teatro europeo y no solo del español.

3) Como acabo de señalar, a mi entender, La malquerida, por su fondo, por su forma y por su estructura, por su intensa acción y el hábil desarrollo de la misma, por la convincente psicología de sus personajes, especialmente los femeninos, por la hondura del tema tratado… pertenece sin duda a lo mejor que ha escrito nuestro premio Nobel y es, por su calidad y altura, comparable a Los intereses creados. “Un drama impresionante y poderoso”, a juicio del maestro Ángel Valbuena Prat, con el “escalofrío de las grandes tragedias” (J. Arimón, citado por Mariano de Paco, Benavente en el teatro español, Murcia, 2005, p. 243). Por lo demás, y para terminar, considero un acierto que La Ratonera recuerde el centenario del estreno en Madrid de esta obra y someta a revisión crítica sus valores, pues la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo, tanto para el público como para la crítica, nos reserva siempre sorpresas y nos ayuda a contrastar mejor la auténtica calidad de muchas obras.»

 

VIII. Mariano de Paco

«1) Estoy convencido de que una puesta en escena actual de La malquerida, con los medios necesarios y un director inteligente que apreciase su magnífico texto y supiese elegir a las actrices y los actores más apropiados, sería muy bien acogida por el público en el siglo XXI, como lo fue, a finales del siglo XX, el excelente montaje de Miguel Narros en el Teatro Español. Es una empresa que está exigiendo ahora el paso adelante de los responsables de un teatro público que, junto a lo de fuera, sepan valorar lo nuestro; y constituye una buena oportunidad de recuperar memoria histórica. Pero no confío en que se le preste esa atención; no hace todavía mucho, en 2004, se cumplieron los cincuenta años de la muerte de su autor y apenas se aprovechó esa ocasión para desechar prejuicios y reconocer el muy destacado lugar que corresponde a Jacinto Benavente en la trayectoria del teatro español.

En cuanto a la lectura de La malquerida, sé por experiencia personal que muchos alumnos han leído y leen la obra con placer y sorpresa. Placer por los numerosos valores que ésta posee y sorpresa por el hecho de que un monumento dramático de esa talla siga siendo tan injustamente preterido o menospreciado.

2) La malquerida es una obra maestra y para eso resulta imprescindible el equilibrado ajuste de todos sus elementos. La satisfacción del lector (del espectador, si ha tenido la difícil oportunidad de presenciar una buena puesta en escena) o el análisis del estudioso demuestran la armonía que rige y da vigor a esta pieza singular.

3) En la amplísima producción de Benavente hay títulos de importancia menor o de interés exiguo. Sin embargo, son más abundantes los textos apreciables y no son escasos los de gran valor, entre los que sobresale, sin duda, a mi juicio, La malquerida. Hace ya más de veinte años que se pronunciaron, pero no he olvidado unas palabras que me dijo Buero Vallejo cuando yo preparaba una edición de la obra para la editorial Espasa-Calpe: “La malquerida es una obra extraordinaria, una de las mejores de la rica historia de nuestro teatro. Y serás un cobarde si no lo dices”. También por eso lo digo.»

 

IX. Guillermo Heras

«1) Creo que la acogida estaría en función de la puesta en escena. Cierto que ha habido una prevención excesiva hacia las obras de Benavente y parece que solo ha resistido sus Intereses creados. Sin embargo, una buena puesta de La malquerida, realizando ese trabajo esencial que los alemanes llaman dramaturgia, con actores que se impliquen en el montaje sin retóricas y prejuicios, podría aportar una propuesta que siempre considero necesaria: la reflexión sobre nuestra historia del teatro y el rescate de títulos para su confrontación con la realidad actual.

2) Creo que Benavente fue un autor sobrevalorado… incluso lo del premio Nobel me parece desmesurado, pero sí fue un gran artesano y constructor de esa carpintería teatral tan del gusto de una época. En ese sentido, sí supo dar una respuesta a un teatro burgués (muchas veces disfrazado de popular) que obtuvo un gran respaldo en las taquillas de su época y, más allá de lo que yo piense, el que sí pensó que se armonizaba era el público que le seguía en esa época.

3) Pues me imagino que, dada la repercusión en su momento, un lugar primordial.»

 

X. Francisco Javier Díez de Revenga

«1) Posiblemente, un buen montaje, con técnicas dramatúrgicas de hoy, una inteligente dramaturgia, una buena interpretación, una excelente puesta en escena y una sabia dirección sacarían mucho partido al texto benaventino, y, aunque el público del siglo XXI no es el de comienzos del siglo XX, la pieza contiene ingredientes que podrían llegar al espectador de hoy con toda su fuerza y con una vigencia renovada. Todo depende de cómo se haga el trabajo en torno al espectáculo teatral. El texto, bien representado, seguiría funcionando. Ya que en la obra hay criaturas, sobre todo personajes femeninos, que pueden resultar interesantes al espectador de hoy, tan castigado y tan sufrido últimamente en España. Pero, claro, ya no contamos con aquellos que la estrenaron, sobre todo ellas: María Guerrero, María Fernanda Ladrón de Guevara, Irene López Heredia, Carmen Ruiz Moragas, sin olvidar a mi paisano Fernando Díaz de Mendoza.

2) Benavente era un dramaturgo sabio e ingenioso, original y muy inteligente. Su La malquerida es probablemente su obra maestra, y en ella armonizó todo, acciones externas y acciones internas, conflictos y personajes complejos, y por eso tuvo éxito en su día, y aún hoy solemos considerar al drama una pieza clásica, modelo de drama rural, que otros siguieron y muy de cerca. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

3) Tal como se ha indicado, posiblemente sea su obra maestra, y, entre las suyas, la que ha soportado mejor el paso del tiempo, junto a otros dramas también vivos hoy, como Los intereses creados o La ciudad alegre y confiada. El tiempo ha sido cruel, muy cruel, con el resto del teatro de Jacinto Benavente.»