El arte como terapia

Adolfo Simón

Hoy en día, la prensa nos asalta, cada dos por tres, con una noticia en la que un individuo perturbado ha cometido una masacre en algún lugar público… Cada vez que leo estas informaciones me vienen a la cabeza muchos artistas que volcaron en sus obras su torturada vida, sus obsesiones y temores… La lista sería interminable. Creo que una sociedad sana es aquella que mira por que sus ciudadanos tengan las mínimas necesidades cubiertas pero también aquella que además de dar pan, ofrece cultura, porque la cultura es la educación del alma, la que nos libera de represiones y miedos, la que nos hace más libres.

Les Nombres 11, óleo sobre lienzo de Isidore Isou, 1952. Antonin Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926.  Exposición “Espectros de Artaud. Lenguaje y arte en los años cincuenta”, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.

Les Nombres 11, óleo sobre lienzo de Isidore Isou, 1952. Antonin Artaud, fotografiado por Man Ray en 1926. Exposición “Espectros de Artaud. Lenguaje y arte en los años cincuenta”, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid.

En Madrid, han convivido durante unos meses dos espléndidas exposiciones de artistas que entrarían en esa lista de los que han utilizado el arte como terapia, aunque no fuese de una manera consciente: Antonin Artaud y Louise Bourgeois.

Antonin Artaud el ideólogo del teatro de la crueldad se alojó durante varias semanas en el Centro de Arte Reina Sofía y la genial artista Louise Bourgeois que indagó sobre su torturada historia personal a través de sus instalaciones plásticas de una teatralidad inconmensurable, ocupó las salas de exposiciones de Casa Encendida durante varios meses.

Espectros de Artaud: Lenguaje y arte en los años cincuenta

Esta exposición exploró el deseo de Antonin Artaud de transcender los límites del lenguaje —tanto hablado como escrito— con el que perduró en el trabajo de una serie de creadores vinculados a los movimientos vanguardistas de mediados del siglo XX. Hay que tener en cuenta que, aunque la recepción de Artaud en el teatro y la teoría post-estructuralista se ha documentado y analizado profusamente, hasta la fecha, en gran medida debido al protagonismo del neodadá en la historiografía y en la exhibición del arte de posguerra, se ha prestado poca atención a la influencia que ejercieron sus teorías y propuestas en el ámbito de las artes visuales.

Espectros de Artaud-Lenguaje y arte en los años cincuenta incluyó alrededor de trescientas obras de artistas procedentes de tres espacios geográficos principales —Francia, Estados Unidos y Brasil— sugiriendo que el proceso de apropiación, recontextualización y traducción del polifacético legado de Artaud forma parte de una historia intelectual más amplia que no puede desligarse de la emergencia a un lado y otro del atlántico, de un conjunto de prácticas artísticas interdisciplinares que plantearon la necesidad de desarrollar modelos alternativos de modernidad.

La exposición rastreó la influencia de Antonin Artaud en las diversas ramificaciones del movimiento letrista, fundado por Isidore Isou y Gabriel Pomerand en 1946. A su vez, la muestra dio cuenta de cómo reinterpretaron su legado destacadas figuras de la vanguardia estadounidense de posguerra como John Cage, David Tudor, Robert Rauschenberg, Franz Kline…, examinando el rol decisivo que en este proceso jugó el Black Mountain College —donde en 1952 la escritora Mary Caroline Richards leyó un fragmento de su traducción todavía inconclusa de Le théâtre et son double que inspiraría la obra Theatre Piece #1 de John Cage— y analiza el influjo que ejerció Artaud tanto en la poesía concreta brasileña como en el trabajo de dos artistas de este país, Lygia Clark y Hélio Oiticica, que exploraron las potencialidades de la recepción corporeizada de la obra de arte. Además, mediante una amplia selección de materiales documentales y audiovisuales, la exposición también mostró cómo su libro Van Gogh le suicidé de la société se convirtió en un referente fundamental para el movimiento anti-psiquiátrico.

Piezas de “HONNI soit QUI mal y pense (MAL haya QUIEN mal piense)” de Louise Bourgeois, en La Casa Encendida. (Foto de Manuel Blanco.)

Piezas de “HONNI soit QUI mal y pense (MAL haya QUIEN mal piense)” de Louise Bourgeois, en La Casa Encendida. (Foto de Manuel Blanco.)

HONNI soit QUI mal y pense (MAL haya QUIEN mal piense) de Louise Bourgeois

En las obras de sus últimos diez años – esculturas, dibujos, celdas-células, grabados sobre tela, ensamblajes o remiendos– reunidas para la exposición del Centro de Obra Social Caja Madrid afloran de nuevo a la superficie todos los temas de sus obsesiones, tratados de forma lapidaria o exhaustiva, sin ninguna concesión, con la distancia o densidad de la experiencia, cuestionando o dando testimonio de una vida y de una obra que dejarán su marca indeleble sobre el siglo XX. De las más de 60 obras que componen la muestra sólo dos de ellas –Rejeccion y Seven in bed– se han podido ver en España, en la exposición que le dedico el CAC de Málaga en 2004. Pero lo más importante es que se trata de una exposición inédita y que un tercio de las obras llegan directamente de su estudio sin haber pasado nunca por una sala de exposiciones.

Louise Bourgeois falleció en 2010 a la edad de casi cien años y no dejó de trabajar hasta su muerte. En la última etapa de su vida, puso los últimos acentos a una obra tan personal como universal que, desde hace más de medio siglo nos hizo partícipes de su lucha, como mujer y como artista, por construirse y “no ser eliminada”. Como la propia Bourgeois afirmaba “Mi feminidad está roída por las ratas, roída por dentro y por fuera como un huevo agujereado con un alfiler y luego sorbido hasta vaciarlo. Hay que fortificarla, reforzarla, hacerla como una pelota de espuma que rebota hasta el techo”.

Danielle Tilkin, comisaria de la exposición, considera que la obra de Bourgeois no fue reconocida hasta que en 1982 —cuando ya tenía 72 años— el MoMA le dedicó una retrospectiva que supuso la primera exposición individual de una mujer en el museo neoyorkino. “Durante muchos años fueron sobre todo otras mujeres, también artistas y más jóvenes, las que encontraron en la radicalidad del trabajo de Bourgeois un punto de referencia y de encuentro asimilable a sus propios discursos. Pero Louise no fue una militante, fue una individualista que en la soledad de su estudio se enfrentó a sus propios demonios y se liberó, dando forma a sus pensamientos, exorcizando los conflictos y poniendo orden en su mundo”, comenta Tilkin en el catálogo editado sobre la exposición.

Está claro que hay monstruos que destruyen el latido humano y otros que hacen del arte un arma que alivie el dolor y la angustia existencial de nuestro mundo.