Dos notas sobre sendas manifestaciones escénicas chinas

Fernando Cid Lucas
Irene Criado López

Dragón de paja, como los que tradicionalmente danzaban para celebrar la cosecha (Dongguan, costa suroriental de China).

Para Julio Mogollón, en agradecimiento.

I.

Se ha escrito ya en otros sitios sobre la antigua Danza del León china1; así, que resulta de rigor escribir ahora sobre otra danza famosa del mismo país, nos estamos refiriendo a la Danza del Dragón, seña de identidad china como pocas y famosa tanto dentro como fuera del país.

Su origen tiene lugar durante la Dinastía Han (202 a.C.-220 d.C.), cuando el imperio vivirá un florecimiento de todas sus artes. La Danza del Dragón se ejecutó por manos de agricultores y mercaderes, que la empleaban para llevar la bonanza hasta sus campos y hogares. Como decimos, la Danza del Dragón, como su compañera y otras tantas otras, tiene fines propiciatorios dentro del pensamiento religioso-folclórico chino, aunque, en nuestros días, sobre todo se encuentre relegada a las esplendorosas celebraciones del Año Nuevo Chino, cuando se pueden ver muy elaborados dragones recorriendo las calles de ciudades y pueblos de todo el país asiático o por las de ciudades donde la comunidad china tiene una gran presencia, como las del Chinatown de San Francisco (EE.UU.) o el de Montreal (Canadá).

El dragón es un animal que representa la dignidad y la majestuosidad en el imaginario chino, es portador de bondades y amigo de los hombres, habita tanto en los cielos como en los mares y se cuenta que nacen cuando las grandes montañas están en calma absoluta; incluso, se creía que los emperadores chinos podían nacer con la forma de este animal y cambiar luego a forma humana. En la Danza del Dragón, los bailarines imitan los ademanes sinuosos del animal, con bellos movimientos muy sincronizados, acompañados siempre por la música de diferentes instrumentos musicales que le van marcando el paso.

Veremos cómo la Danza del Dragón es siempre un despliegue de color y de fantasía. Los dragones –realizados en diferentes telas y adornados con lentejuelas, pompones, etc.– llegan a alcanzar hasta treinta metros de longitud y sus vistosos colores inundan las calles. También es frecuente ver danzar a más de un dragón, entrelazándose, bailando o jugando entre ellos, lo que resulta todo un espectáculo para el público allí congregado.

Cada dragón es manipulado por una compañía diferente, y dentro de esta compañía existen, del mismo modo, diferentes estamentos. Los más expertos son los encargados de manejar la cabeza (articulación de ojos, boca, etc.) del animal mitológico, que llega a pesar hasta quince kilos, mientras que los aprendices se sitúan en el cuerpo o en la cola, aunque suelen estar acompañados por alguien de más edad para darles las indicaciones pertinentes.

En algunos casos, son necesarias hasta veinte personas para manejar el dragón, que casi siempre pertenece a una comunidad de vecinos o a una barriada en concreto, y es ésta la que paga los gastos de la compañía, así como las reparaciones o la adquisición de nuevos instrumentos musicales o los trajes para los operarios y los músicos.

Durante todo el año, estas compañías se entrenan casi a diario para que el día de la representación todo salga correctamente y sin contratiempos. El éxito de la compañía será, pues, motivo de alegría de todo el vecindario, ya que el dragón también les pertenece y les representa en tan señalada jornada.

Para finalizar la reseña a esta danza, nos gustaría señalar que el manejo del dragón (más allá de su significado eminentemente folclórico) se ha visto como ejemplo de compañerismo y de trabajo en equipo, ya que para que los movimientos del animal sean los correctos se necesita de la compenetración y del trabajo conjunto de todos y cada uno de los integrantes de la compañía. Mayores y jóvenes, hombres y mujeres, se unen para que esta centenaria danza no pierda ni un ápice de su continuado esplendor.

El actor Mei Lanfang en un papel femenino (dan). Foto datada entre 1920 y 1929. Cortesía del Archivo Digital del Teatro Chino de California.

II.

También ahora que el lector, a estas alturas del monográfico, se ha habituado un tanto a la particular poética de las artes escénicas chinas, puede tener una idea más clara de lo que es la denominada Ópera de Pekín; nos permitimos, pues, la licencia de incluir en estas páginas algunos de sus argumentos más famosos, aquellos que la han hecho grande entre los géneros teatrales de China.

Una de las historias que más ha emocionado al auditorio, durante siglos y siglos, ha sido la titulada: Bà wáng Bié Jī (literalmente: El gran señor abandona a su concubina), conocida en español como Adiós a mi concubina. La historia que cuenta es muy antigua, está ya recogida por el gran historiador chino Su Ma-Ch´ien hacia el s. I d.C. en su libro Sucesos históricos. Aquí se nos cuenta cómo, bajo la dinastía Quin (a la sazón, unificadora de China), dos grandes señores de la guerra del mismo bando, Liu Pang y Hsiang Yu, tras una calma tensa, se vuelven el uno contra el otro.

La obra, aunque estructurada en un solo acto, está llena de emoción y logra mantener al público en vilo, sin aburrirse un momento. Tal vez por este motivo haya sido la favorita de las compañías chinas profesionales que la han representado por el extranjero.

La acción comienza en el interior de la tienda del general Yu, que, ante la noticia de que las tropas del codicioso Pang avanzan, cercándole a él y a los suyos, se siente desolado y comienza a cantar la célebre aria: Antes, mi fuerza movía montañas, mi espíritu dominaba el mundo. Ahora todo conjura en mi contra. Amada mía, ¿qué puedo hacer? Para animarle llegará su hermosa concubina que, primero con palabras y luego con una bellísima danza con dos espadas, intenta infundirle ánimos y valor otra vez. Tenemos que indicar que este número danzado fue hecho famoso por el reconocido actor Mei Lan-fang (1894-1961), quien lo consideraba la parte central de la pieza y quien lo ejecutó muchas veces, de forma aislada, incluso, cuando se le invitó a actuar ante personalidades chinas o extranjeras.

Fotograma de la película Adiós a mi concubina.

Volviendo otra vez a la obra, tras la hermosa danza –y tras un momento de fugaz alegría– el corazón del general vuelve a ensombrecerse con el pensamiento de que en breve perderá todo, también a la mujer que tanto ama, y es esto lo que más le entristece. En un último acto de valentía, Yu reúne a sus escasas tropas y se lanza contra el enemigo. Esta decisión desesperada hace que la concubina piense que el único camino a seguir será el del suicidio, ya que teme lo que el general Pang o sus hombres hagan con ella; así, con una de las espadas con las que antes realizó su danza ante el general, se cortará la garganta.

Como decíamos, esta obra se puso de moda gracias a la brillante actualización que realizó Mei Lanfang en 1921, que la revisó una y otra vez durante años, haciendo especialmente famoso el personaje de la concubina, dándole una profundidad expresiva que servirá de modelo a otros actores especializados en encarnar los papeles femeninos (dan) posteriores a él.

Desde luego que también ayudó a acrecentar su fama en Occidente la edición en distintos idiomas (entre ellos el español) de la novela homónima de Lilian Lee, donde se narraba la vida interior de los actores de la Ópera de Pekín durante los convulsos años de la ocupación japonesa, que originaron la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), teniendo como leitmotiv la obra en cuestión y a los intérpretes de la concubina y del general, en una historia de amistad a través de más de cincuenta años. Adaptada luego para la gran pantalla por el director Chen Kaige en 1993, obtuvo dos nominaciones a los premios Oscar y dos galardones en el festival de Cannes el mismo año de su estreno.

Bibliografía

 

CHEN, Jack, The Chinese Theatre,London, D. Dobson, 1949.

FU, Jin, Chinese Theatre,Cambridge,CambridgeUniversity Press, 2010.

MACKERRAS, Colin, Chinese Theatre: From Its Origins to the Present Day,Honolulu,University ofHawaii Press, 1983.

RILEY, Jo, Chinese Theatre and the Actor Performance,Cambridge,CambridgeUniversity Press, 1997.

Notas

1 Véase para esto el libro de: HU, William C., Chinese Lion Dance Explained, Ars Ceramica with Chinese Performing Arts Foundation, 1995.